El filósofo G. G. Jolly llega a manera de cuestionamiento al centro de Rediseño México: ¿cómo decidir cuáles son los elementos que deben simbolizar al país? Continúa para leer la primera de dos partes de su colaboración para el blog:

“México, creo en ti,
Sin que te represente en una forma
Porque te llevo dentro, sin que sepa
Lo que tú eres en mí; pero presiento
Que mucho te pareces a mi alma
Que sé que existe pero no la veo.”

Ramón López Velarde

Foto, crédito: “La Familia” de Rufino Tamayo; Sotheby’s NYC.

La pregunta por los símbolos, dado que el Homo sapiens es un animal simbólico, es la pregunta por la propia naturaleza humana, que es racional, cultural y/o simbólica —como se quiera—: el Homo simbolicus, si me apuran. Así, al Hombre no le basta comer para nutrirse sin más, y por ello come su comida con mantel y cubiertos, muele semillas y yerbas para sazonarla, destila frutos para maridarla y enciende velas cuando quiere humanizarla, tornándola significativa, de alto contenido simbólico para que sea memorable: un aniversario, una reunión familiar, una cena de acción de gracias…

No menos cierto es que el Sentido que justifica nuestras acciones individuales, la narrativa que nos contamos a nosotros mismos para impulsarnos a dejar la cama todos los días, enfrentar la adversidad y perseguir metas, implica una dimensión colectiva y comunitaria. Desde luego, esto es así porque esa narrativa depende de los diversos marcos simbólicos en los cuales, como animales gregarios, vivimos, nos movemos y existimos: los códigos de lenguaje de nuestra politeía, el entorno físico en que nos hemos desarrollado, la comunidad de personas de las que dependemos y a las que estamos referidos, los valores estéticos y morales que hemos mamado desde la cuna…

Más todavía, nacemos, vivimos y morimos en comunidades políticas que no son meramente la suma de los individuos que las componen, sino que, además, incorporan un complejísimo andamiaje simbólico que se traduce en leyes, instituciones, edificios, monumentos, una burocracia anónima, valores particulares y, ante todo, una narrativa que justifica el ser del conjunto. Y, si mis palabras no son dignas de fiar, preguntémonos entonces qué es y dónde está el Estado: ¿acaso se identifica con los palacios de gobierno, con los magistrados en turno, con el papel en que están escritas las leyes?, ¿o qué hace que una banda tricolor o una corona dorada doten a una persona del poder de mandar y al resto de nosotros del deber de obedecer?

[…]nacemos, vivimos y morimos en comunidades políticas que no son meramente la suma de los individuos que las componen, sino que, además, incorporan un complejísimo andamiaje simbólico que se traduce en leyes, instituciones, edificios, monumentos, una burocracia anónima, valores particulares y, ante todo, una narrativa que justifica el ser del conjunto.”

Ésas, claro, son preguntas demasiado complicadas y que no vienen aquí al caso sino de pasada. Mas el proyecto emprendido por Ricardo Vazoli, Rediseño México, suscita numerosas preguntas y debería invitarnos a una honda discusión, pues, repito, la pregunta por los símbolos es la pregunta por lo que hay detrás de ellos: lo que representan.

¿Cómo, pues, representar a México de manera adecuada si no está del todo claro qué es exactamente ese objeto denominado “México”? ¿Cuál de todos los Méxicos es el que prima: el indígena, el católico, el mestizo, el fronterizo, el criollo, el urbano, el conservador, el rural, el moderno, el revolucionario…?

Y, suponiendo que el objeto “México” existe real e incuestionablemente, ¿cómo representarlo con eficacia?, ¿en todo o en parte?, ¿por qué con una parte y no con otra?, ¿esa parte es entendida por todos en igual medida, inflama los corazones con la misma intensidad o remite a la narrativa histórico-cultural que supuestamente compartimos las 119 millones de almas de ese ente en que nos engloba, México? Piénsese, si no, en la imagen “típica” del mexicano, explotada hasta la saciedad lo mismo por el Cine de Oro que por el Hollywood de siempre, por guías de turistas que por nuestro patrioterismo desparpajado y alcoholizante: el sombrero de charro, el grito con falsete, el mariachi, el tequila, el “Cielito Lindo” —cuya letra remite, por cierto, a paisajes andaluces—…

¿Es decir que México se representa por… Jalisco y por su altamente españolada cultura rural decimonónica? O bien, ¿por qué, en Estados Unidos, cuando marchan los “latinos” mexicanos o los “chicanos”, reivindican el verde, blanco y rojo de la bandera, mas no el águila y la serpiente, que son remplazados por una Lupita, símbolo muchísimo más potente y generalizado aunque tampoco universal —pues nunca falta algún jacobino trasnochado o protestante ofendido—? ¿Qué es, pues, lo “mejor” o lo “válido” en estos casos? Y, yendo aún más lejos, ¿quién lo decide y según qué criterios?

“¿Cómo, pues, representar a México de manera adecuada si no está del todo claro qué es exactamente ese objeto denominado “México”? ¿Cuál de todos los Méxicos es el que prima?”

Además de estos ejemplos, basta echar un vistazo a los escudos de cada uno de los estados unidos mexicanos para preguntarse cómo, cuándo y por qué, quién y según qué principios decidió que tal o cual cosa era representativa de este estado o de aquel otro. Hay, como quien dice, “de chile, de dulce y de manteca”: un cacofónico mosaico sin ton ni son por donde desfilan plantas o frutas típicas, animales exóticos, consignas políticas y/o piadosas en latín o en español, estilos minimalistas o abigarrados, el legado indígena y/o el español sacados de proporción, la tradición monárquica y republicana, los credos católico y revolucionario, lo estéticamente aberrante y lo tradicionalmente aceptable…

Resulta obvio que semejante caos no hace sino reflejar la caótica historia cultural y política de México, su ajetreado e indigesto pasado, sus cosmovisiones maniqueas, su contradictoria y acomplejada herencia —que tan bien resumieron Samuel Ramos y Octavio Paz—, sus diversos e irreconciliables regímenes, sus periclitadas ideologías, sus churriguerescas instituciones…

“¿Quién es, para empezar, quien decide cuál es esa identidad, bajo el supuesto de que ésta estuviese perfectamente clara y fuese evidentísima lo mismo para indígenas oaxaqueños que para empresarios regiomontanos, para amas de casa de Chalco que de Santa Fe?”

Se entiende, pues, un romántico intento, por puro amor al arte y a lo que representa México para él, como el de Ricardo, por unificar, desde la primacía del diseño gráfico, el galimatías de la simbología mexicana, comenzando por la vexilología, que ni siquiera existe fuera del lábaro patrio. Los criterios, principalmente estéticos y de cierto pluralismo ideológico, de minimalismo de formas y colores, fácil reproducibilidad o expresión de la geografía, que ya comentaré luego, constituyen un valiosísimo y por demás atractivo primer paso.

Por desgracia, una de las nefastas consecuencias de nuestro pervertido federalismo es que, aun si tan loable proyecto trascendiera, sería del todo inviable llevarlo a la práctica, puesto que, al igual que las constituciones, los escudos y banderas estatales son cuestiones de soberanía estatal sobre las que el gobierno federal no tiene nada que decir —salvo que la Suprema Corte de Justicia dictamine que se vulnera la constitución nacional—.

Lo cual, a mí, como filósofo, me lleva a plantearme una serie de preguntas más radicales, acerca de la viabilidad misma de la representación de una identidad “nacional” acabada mediante una simbología determinada. ¿Quién es, para empezar, quien decide cuál es esa identidad, bajo el supuesto de que ésta estuviese perfectamente clara y fuese evidentísima lo mismo para indígenas oaxaqueños que para empresarios regiomontanos, para amas de casa de Chalco que de Santa Fe?

¿El Estado? ¿A qué nivel, en cuál de sus ramas? ¿Verdaderamente el Estado, así en abstracto, encarna la mexicanidad? ¿Acaso nuestros representantes electos gozan de la gracia de oficio para entender qué es México, mejor que Alfonso Reyes o Gabriel Figueroa —que, por otra parte, no agotaron “lo mexicano” y bien pudieron haber errado—? ¿Son los funcionarios públicos muestra fidedigna de la voz del Pueblo? ¿El Pueblo? ¿Cuántos individuos hacen un “Pueblo”? ¿O cuántos pueblos con minúscula conforman un Pueblo con mayúscula? ¿Cómo expresa su voz el Pueblo? ¿Tachando una papeleta cada ciclo electoral, marchando en las calles, asaltando alhóndigas en “bola”? ¿O acaso es la Historia? ¿Pero qué historia, la de los jacobinos de la era terciaria o los católicos de Pedro el Ermitaño? ¿La historia edípica que asesina al Padre Cortés y que se arranca los ojos para no ver la piel cobriza de la Madre Malinche que dice amar? ¿O la historia de bronce y censura, que exalta al “Benemérito de las Américas” y repudia al otrora “Seductor de la Patria”, que grita jubilosamente el fracaso del Cura en 1810 y calla vergonzantemente el triunfo del Emperador en 1821?

O bien, ¿los valores que nos definen? ¿Que nos definen a todos, a la mayoría o a unos cuantos? ¿Qué valores son esos? ¿El desparpajo y la negligencia, la corrupción o el odio a todo extraño enemigo que osare profanar con su planta el suelo patrio? ¿O la calidez y la alegría, el no “rajarse” y el culto a la vida mediante el culto a la muerte?  ¿Los representados por el Ayate del Tepeyac o por la Magna Carta de Querétaro? ¿Los loados por Nezahuacóyotl o por Sor Juana? ¿Los contados por Alamán o por Mora, por Clavijero o por el Nigromante? ¿Los retratados por Velasco o por Rivera? ¿Los encarnados en Jorge Negrete o en Cantinflas? Al final, ¿qué hay detrás del verde, el blanco y el rojo: el México bárbaro, el del siglo de las luchas y la Santa Muerte o la suave patria, impecable y diamantina?

Continuará…

Autor G. G. Jolly

G. G. Jolly es, entre otras monerías, escritor y docente. Se declara malinchista y monárquico, pero amante de las cosas buenas de la vida (incluyendo innúmeros aspectos de México). Se le puede seguir en: www.grafvonjolly.tumblr.com & www.in-illo-tempore.tumblr.com

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